Anoche tuve un sueño acerca de “Tony”. (Si usted ha leído mi testimonio sabrá que éste no es su verdadero nombre.) La última vez que había pensado en él fue, naturalmente, cuando estaba escribiendo mi libro. Y también en cierta ocasión cuando iba trotando por el bosque y tuve una especie de visión de que él me alcanzaba en su auto en el solitario camino y abría la portezuela y me decía tranquilamente: “Bárbara, tú sabes lo que tienes que hacer…” Y yo me subía al auto percibiendo que las normas de la Mafia no dan lugar a negociaciones.
En mi sueño, Tony venía a verme trayendo con él a un joven maleante. Tony debe de tener actualmente más de 70 años, pero como dice el refrán: “Cosa mala nunca muere, y si muere no hace falta…”
De cualquier manera, he buscado en el Internet y me he dado cuenta de que él todavía está vivo y sigue haciendo sus trabajos sucios. En el sueño yo sabía cuáles eran sus intenciones. Debo admitir que lo primero que vino a mi mente al despertar fue algo como lo que sintió Cipher en Matrix, que se lamentó haber tomado la “píldora roja” y con ello sus ojos fueron abiertos a la realidad de la matrix. “¿Por qué ¡ay!, por qué no me tomé la píldora azul, y de esta manera permanecer en maravillosa ignorancia e indiferencia?
Pero me temo, Dorita, que descubrir la verdadera identidad del mago de Oz tiene su precio. Aunque conocer y entender la verdad tienen mucho más peso que todas las demás opciones, esas bendiciones traen consigo una aguda conciencia de que volver al “hogar” ha cobrado un significado completamente nuevo.
En otras palabras, al lanzarme con fe a hacer lo que Dios me está pidiendo que haga, mi muy humana mente se mantiene recordándome que Dios ha quitado el piso que estaba tan acostumbrada a sentir bajo mis pies. Pero, en maravilloso contraste, su Espíritu Santo no sólo me protege de caer, sino que me permite, con mayor y mayor frecuencia, disfrutar de la sensación de ser sostenida.
Por cierto, nunca me arrepentiré de haber escrito “De Princesa de la Mafia a Princesa de Dios”. Nunca me pesará servir al Señor Jesucristo y menospreciar mi vida hasta la muerte (Apoc. 12:11). Nunca me pesarán las vidas de otros que he visto cambiadas y he traído al Señor por medio de contarles mi testimonio, y sobre todo, nunca me arrepentiré de menospreciar este miserable cuerpo terrenal y cambiarlo por el éxtasis de ver a mi Salvador y Rey cara a cara en mi hogar celestial, y estar con él para siempre.
Wednesday, April 14, 2010
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